lunes, octubre 01, 2012

Pierre Dubois




El sábado por la tarde el tiempo no estaba primaveral, había caído granizo del cielo sobre la capital; apenas salía el sol venían nubes empujadas por los vientos que también elevan los volantines de septiembre y lo ocultaban oscureciendo el atardecer frío de aquel día.  En La Victoria, la población nacida de la toma más antigua de América, el paso del tiempo se ha restado de andar: las mismas calles, los mismos murales, el aire orgulloso de sus paisanos, Jarlan en la memoria –el cura muerto por una bala de la policía en tiempos de dictadura- y ahora los globos blancos en homenaje a Dubois. La Victoria permanece anclada en sus batallas y justas, en su grito libertario llegado a nuestros barrios desde tiempos inmemoriales, pero allí hizo nido y fundo familia y allí llegaron pájaros de noble vuelo como Dubois, para quedarse, para vivir, para luchar y para morir.

Volver a La Victoria era como restaurar la vivencia de un otro tiempo.  Algo así como desvanecer el repicar de los avisos comerciales, como romper la certeza de la cantinela exitista, del brillo artificial de los indicadores económicos. En esas calles todas las bolsas de comercio funcionan a pérdida, todas van en caída abrupta.  Allí no se compran ni venden acciones ni derivados ni swaps.  Abundan los locales de sopaipillas y empanadas, churros, pero nada de acciones ni depósitos a plazo, nada de bancos, nada de cajeros automáticos.  Mucha gente conversando, atravesando sus calles hoy engalanadas con globos blancos en honor a quien en los tiempos de dictadura extendiera los brazos para contener la represión, se acostara frente a las tanquetas y buses de la policía para impedir el paso. Nunca fue algo más que el párroco de una población, ni obispo ni cardenal, mas un hombre simple cuyo acto de vivir consagrado a los desheredados, a los que nunca heredaran la tierra, a los del baile de los que sobran, deja huellas en el corazón de la humanidad.

Como nos lo recuerda el busto del Parque Forestal dedicado a José Martí: "Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que tienen en sí el decoro de muchos”.  Dubois era un hombre, era un cura con el decoro que a muchos falta en este tiempo.  Cuando los hombres sin decoro gobiernan las naciones, dirigen empresas, fundan bancos, expropian recursos naturales, conducen iglesias, y se ceban en sus ambiciones y desbordes, aquellos que llevan el decoro de éstos, viven en la pobreza, buscan la justicia, trabajan por un reino de solidaridad.  En palabras de Machado, “son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos descansan bajo la tierra”.  Si aún quedan razones y fundamentos para apostar por la vida, es precisamente en el trabajo de estos hombres con decoro, donde encontramos la fuente de esa voluntad, de esa convicción de que vale más de un denario vivir la vida.

Y será por eso que en ese último sábado de septiembre, un camión transportando un piano se detuvo frente a la parroquia donde dormía Dubois; lo bajaron entre varios hombres y lo acomodaron al costado del cura. Luego, un solemne y encanecido Roberto Bravo, atravesó el patio entre gentes que le hicieron un camino entre las gentes para que pudiera alcanzar el instrumento con el que brindó a la vida de un hombre con decoro.  Allí estuvo Bravo interpretando a la Violeta, a Victor Jara, por más de una hora dedicando su arte a uno de esos santos que van al infierno, porque en esos campos olvidados del progreso, en esas tierras donde los dioses del placer no han dejado ni el rastrojo de una alforja, la vida es dura, el hambre arrecia, el dolor se encarna.

El mérito de los Dubois es que hacen historia y la empujan hacia mejores momentos, precisamente desde esa nada que es la marginalidad obrera.  Desde el mismo despoblado pueblan la historia con el hambre y la sed de justicia.

Caminando entre batucadas y jóvenes guitarreando en las aceras, después del reencuentro con viejos luchadores, dejamos a Dubois en su parroquia, en su quietud de muerto santo, para partir aún vivos hacia la ciudad de cemento, con ganas de reverdecerla, de hacerla más noble, más cálida.  Un poco más justa, por qué no? Y también libertaria.

Aún queda tiempo para andar y el camino es largo.

Por Marcel Claude

3 Comments:

lobosluna said...

Justa y bellamente expresado, porque como bien creía Platón, la justicia y la belleza van siempre unidas.

David Arochas said...

Muy buen relato, quizas todos debiesemos tener esa pasion para hacer las cosas y ser lo suficientemente fuertes para poner el pecho frente a las dificultades.

Exito!

Anónimo said...

Leyéndote, investigando la veracidad de lo que creo nunca han visto siquiera nuestros padres. Soy joven universitario, confundido por lo que veo, con los sentimientos desgastados por mí gente, mis vecinos, mis amigos, la gente de mi país. ¿y eso por qué? siento enojo porque deje de sentir amor, algo paso y los culpables no son tales apuntados, alguien confabula deliberadamente aprovechando el miedo que otros y los mismos poderes han cometido contra los nuestros, tus padres, mis vecinos mis amigos. Y ya sabemos quienes son, ahora son evidentes, ya no existe su escondite. Hagamos lo. llenemos nos de orgullo.