Marcel Claude
Profesor Depto. Tecnologías Industriales
Facultad Tecnológica
Universidad de Santiago de Chile
Para cualquier persona relativamente
ilustrada que piensa los problemas políticos es más o menos evidente, por un
lado, que la política está íntimamente ligada con la economía, es decir, que la
política habla de la economía, se refiere a la economía, se involucra con la
economía, y por otro lado, que la economía no está desacoplada de la cuestión
política, puesto que la estructura de poder, las relaciones políticas y las
correlaciones de fuerza que están a la base de todo orden social, son
estructurantes y determinan finalmente las decisiones de política económica y
el orden socio-económico.
Sin embargo, lo cierto es que la
economía como praxis, debe ser una de las tareas menos exitosas que ha
emprendido la humanidad, y sus profesionales deben ser los menos acertados y
los más errados en su quehacer, aunque eso no le quite a los economistas esos
aires de profesionales exitosos y triunfantes. Es a mi juicio, una profesión
profundamente fracasada. Esto se desprende de una simple reflexión en torno al
asunto central del que trata la economía, a saber, la escasez. En todos los
textos de economía, se nos enseña que la razón de ser de los economistas es
asignar y administrar los recursos disponibles que son escasos, para satisfacer
necesidades múltiples, jerarquizables y en gran medida ilimitadas o
insaciables.
No obstante lo anterior, en los
prolegómenos del siglo XXI las condiciones en que vive la humanidad no son ni
cercanas a un estado de bienestar de segundo o tercer orden y menos aún
al Paraíso Perdido de John Milton. Según Oxfam, en el 2018, 26
multimillonarios acumularon más dinero que la mitad más pobre del planeta, esto
es, unos 4 mil millones de personas en la actualidad. En el libro El Fin de
la Pobreza (2013) de Jeffrey Sachs, se señalaba sobre nuestro tiempo que se
trata de “un mundo en el que algunos viven rodeados de comodidades y
abundancia mientras la mitad de la humanidad vive con menos de 2 dólares
diarios”, es decir, en términos de la realidad chilena actual, 1.800 pesos
diarios para comer, vestirse, pagar un arriendo, educarse, tener salud, poder
transportarse, recrearse, tener vacaciones, etcétera. No es fácil imaginarse la
realidad económica del mundo cuando la mitad de la humanidad debe vivir en tan
precarias condiciones.
Esto no es un asunto menor y nada
obliga a conformarnos con una sentencia tipo “así es la vida” o “siempre
ha sido igual”, no, nada de eso, puesto que después de la Ilustración que
prometió el “progreso” sin límites y el triunfo de la razón, así como el fin de
la ignorancia y la penuria de la enfermedad, no es posible ese conformismo algo
religioso de lo que nos toca vivir. A su vez, este aún joven siglo XXI es heredero
de la Reforma Protestante que puso término al dominio moral de la Iglesia
Católica que sometió la voluntad de la humanidad a los designios de Dios, léase
a los privilegios de la Iglesia y de la Monarquía, durante el largo Antiguo
Régimen del Medioevo y abrió las puertas a la reconciliación del ser moral con
la riqueza y el bienestar material, tal como lo señala Max Weber en “La
ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Y ¿Qué decir de la tan
estudiada Revolución Francesa que junto a la Revolución Norteamericana,
pusieron los derechos humanos como el centro de la cuestión política? Después
del advenimiento de los tiempos modernos, es totalmente inaceptable toda suerte
de conformismo con la precariedad material que experimenta la humanidad, aunque
hoy, la libertad, la igualdad y la fraternidad sean realidades totalmente
desconocidas para una abrumadora masa de seres humanos, dado que, entre otras
cosas, la democracia no ha dejado de ser una utopía inalcanzable o, como canta
Joaquín Sabina “un cuento de nunca empezar”. Se da por descontado que
esa otra gran revolución que dio origen a los tiempos modernos, la Revolución
Industrial que ofreció el fin de la profecía malthusiana de la hambruna y la
penuria económica, a pesar de que tampoco logró su cometido y solamente
contribuyó a un vigoroso proceso de acumulación capitalista, también abrió las
expectativas y amplió las aspiraciones de la humanidad. En consecuencia, no hay
lugar para ningún conformismo.
Cuando las bombas caían en Irak y se
hacían más abundantes los bombardeos, lo que también debe estar aconteciendo
con el actual conflicto en la zona de Gaza en Palestina, no solo se
incrementaba el número de niños, mujeres y ancianos que morían, sino también,
la rentabilidad de las corporaciones belicistas y de la industria armamentista.
No deja de ser aterrador pensar que muchos expertos en economía, asesores de
esa industria, los que deberían estar buscando el uso racional de los recursos
para satisfacer necesidades humanas, estuvieran recomendando incrementar el uso
de armas y de bombas para mejorar los resultados financieros de la industria
armamentista. No menos trágicas resultan las recomendaciones de muchos expertos
en economía orientadas a la racionalización y reestructuración de empresas que proponen
planes de ajuste y despidos, en el nombre del aumento de la productividad, que
no es otra cosa que un eufemismo del aumento de la explotación orientada a la
reducción de personal, incrementar la carga de trabajo de los que continúan
trabajando por el mismo salario, y finalmente, generando mejores resultados de
las empresas y corporaciones.
Cabe preguntarse ¿Dónde queda esa
suerte de juramento hipocrático de los economistas de gestionar recursos para
incrementar el bienestar de la humanidad? Todo lo que el siglo XX y este
imberbe siglo XXI nos develan en materia económica, es una constatación del economic
fail (fracaso de la economía) o del error económico que es más parecido al Horror
Económico de Viviane Forrester que a una simple recesión. De lo que
hablamos aquí no es de crisis económica, sino más bien, del fracaso del
paradigma dominante de la economía como ciencia, que en lo único que ha
avanzado es en la formalización matemática del sujeto y predicado y he ahí a
los señores economistas obsesionados con la demostración matemática de que el
cero es igual a cero, mientras las masas abrumadoras de seres humanos, cuyas
acciones y comportamientos no pueden modificar ni en milésimas los precios de
mercado debido a lo poco gravitante que son esas mayorías en las estadísticas
económicas, ni siquiera están en el horizonte de las reflexiones del quehacer
de los economistas ni menos aún en sus recomendaciones de política.
Lo que queremos resaltar en este
escrito es la necesidad de abrir los ojos en relación a eso que tanto gusta a
los economistas: the real economic. Y finalmente reposicionar un
imperativo impostergable: la necesidad de volver a la política. Esto porque las
relaciones de poder que están en la base de la estructura social, influyen
contundentemente en las decisiones que se toman en el ámbito de la economía, ya
que la economía es siempre un tema del poder en la medida que las condiciones
materiales de existencia y su producción son determinantes para la vida de las
personas y de la sociedad. La distribución del excedente económico entre el
trabajo y el capital, es siempre y en todo lugar una cuestión política, es
decir, un asunto que dependerá de la correlación de fuerzas entre los
trabajadores y los empresarios. Al decir de Marx y Engels, la dinámica de la
evolución de la sociedad humana está determinada por la lucha social en torno a
la apropiación del excedente económico.

Vivimos un tiempo doloroso, una época
que no solo ha olvidado la política como centralidad del quehacer humano
cotidiano, aunque el poder se siga ejerciendo, sino también porque se ha
olvidado la lectura y el estudio como una actividad sustantiva, lo que puede
producir la impresión de la futilidad de dejar por escrito reflexiones como las
que trata este artículo. No obstante, es de suyo importante que estos
documentos se escriban y se deje un testimonio ilustrado sobre nuestro tiempo,
puesto que éstos serán los papiros prehistóricos que tendrá el futuro
–parafraseado a Silvio Rodríguez- cuando se quiera mirar y estudiar esta época
tan controvertida: “somos prehistoria que tendrá el futuro, somos los anales
remotos del hombre”.-
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